Llevo más de dos décadas y media viendo llorar a niños en los vestuarios. También he visto a padres salir del campo más enfadados que sus propios hijos, y a entrenadores confundir exigencia con dureza. Si algo me ha enseñado el fútbol base es que la derrota, bien gestionada, es la mejor asignatura que un chaval puede cursar antes de los dieciocho años. Y, mal gestionada, es la primera grieta por donde se escapa el amor al deporte y, a veces, la confianza en sí mismo.
Vivimos un momento curioso. Nunca habíamos tenido tanta información sobre pedagogía deportiva, y nunca habíamos protegido tanto a nuestros hijos de la frustración. Les resolvemos los conflictos antes de que aparezcan, les buscamos el club “donde ganen”, les cambiamos de entrenador cuando el chaval no juega. Y luego nos sorprendemos de que a los quince años abandonen el deporte al primer traspiés, o de que un suspenso les hunda emocionalmente durante días. La capacidad de encajar un golpe —de levantarse, aprender y volver a intentarlo— no es un rasgo con el que se nace. Es una habilidad que se entrena. Y como todas las habilidades, se entrena en los contextos donde el golpe aparece. El deporte es uno de los pocos escenarios de la vida de un niño donde puede perder sin consecuencias graves, pero con emociones reales. Esa combinación es oro puro para su desarrollo.
La resiliencia, entendida como la capacidad de sobreponerse a la adversidad y aprender de ella, es probablemente la herramienta más valiosa que podemos regalar a nuestros hijos. Los psicólogos Robert Brooks y Sam Goldstein, que llevan décadas estudiando el desarrollo infantil, insisten en una idea que coincide totalmente con lo que yo veo en el campo: el niño resiliente no es el que no sufre, es el que ha aprendido a transitar el sufrimiento sin quedarse atrapado en él. Y en ese aprendizaje, los adultos de referencia —padres y entrenadores— tenemos un papel decisivo.
El primer error que cometemos es intentar ahorrarles la caída. Un hijo que nunca pierde, nunca falla ni nunca es suplente no está siendo cuidado: está siendo privado de las oportunidades donde se construye su carácter. Cuando un niño pierde una final, un partido o un puesto en el equipo, no necesita que le digamos que “el árbitro ha sido injusto” o que “el entrenador no le entiende”. Necesita que le acompañemos en la emoción, que le escuchemos sin minimizar, y que después —solo después— le ayudemos a extraer una lectura útil. Qué ha hecho bien, qué puede mejorar, qué depende de él. Esa secuencia —emoción primero, análisis después— cambia la relación del chaval con el fracaso para toda la vida.
El segundo error es confundir autoestima con elogio permanente. Un niño no desarrolla confianza porque le digamos constantemente que es el mejor. La desarrolla cuando se enfrenta a un reto difícil, lo intenta varias veces, falla, insiste y finalmente lo consigue. Mi trabajo como entrenador no es evitarle la dificultad; es diseñarla a su medida para que la pueda superar con esfuerzo real. Y el papel de los padres, aquí, es sostener en casa esa misma lógica: valorar el intento, el esfuerzo y la actitud por encima del resultado.
El tercer error, quizá el más silencioso, es no modelar lo que pedimos. Un padre que explota en la grada cuando el equipo pierde está enseñando a su hijo que perder es inaceptable. Un entrenador que insulta al árbitro está diciendo a sus jugadores que la culpa, cuando algo sale mal, siempre es de otro. Los niños aprenden mucho más de lo que ven hacer que de lo que escuchan decir. Si queremos jugadores que gestionen bien la frustración, el primer vestuario que hay que ordenar es el de los adultos.
Para familias y entrenadores, hay una pregunta que vale más que mil consejos: ¿qué recuerdo quiero que mi hijo —o mi jugador— tenga de este partido perdido dentro de diez años? Si la respuesta es “que su padre le abrazó” o “que su entrenador le miró a los ojos y le dijo que mañana se vuelve a empezar”, vamos por el camino correcto. Si la respuesta tiene que ver con reproches, excusas o castigos, estamos construyendo justo lo contrario de lo que queremos.
La frustración no es el enemigo de la educación deportiva. Es su mejor aliada, siempre que haya alguien al lado que sepa transformarla en aprendizaje. Y ese alguien, en la vida de un niño, somos nosotros.
Referencias
- Brooks, R. y Goldstein, S. El poder de la resiliencia. Paidós.
- Duckworth, A. Grit: El poder de la pasión y la perseverancia. Urano.

